Cosas que me digo y no siempre escucho

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Tuvimos suerte, fueron otros tiempos. Pero lo cierto es que al tratar de recordar ese tiempo todo se vuelve oscuro. Sí sé que hace dos meses entré a un bar donde pusieron buenas tapas, pisto casero. Sé que hace más o menos ese tiempo bailé y la chica de negro me seguía y que nunca opinó al respecto y en cambio me invitó a otra ronda.

Fueron otros tiempos de hace tres años, un año y medio. La medida exacta de los sueños nos traiciona, nos obliga a mirar pero nunca le hago mucho caso, ¿cómo podría? Ahora soy una traidora, sé que nadie va a darse cuenta y justamente por eso ya no creo en buenos tiempos. La soga le trencé yo, cada una hicimos la nuestra, fíjense cuánto trabajo le ahorramos al Estado, qué barato.

Es tan sencillo mentirse y correr rápido al combate. Me salen las palabras “verdades fundamentales”. Las digo juntas, separadas, de sílaba en sílaba o todo de corrido. No consigo entender de qué parte de mí han venido.

Pienso entonces que será que dejé de creer en la suerte, así como abstracción. Y en bajito me digo si realmente despertamos, ¿cuál de todas las consciencias dejamos de lado? Ah, la soga, el tiempo tirano, la mentira creída, la sangre pausada puesta en espera, pero no, ¿cómo en espera? ¿Acaso no brota, no viste lo que nos hicieron, lo que llevan haciéndonos por décadas?

Bendito sea Murakami, bendito sea Salinger, benditas Marguerite Duras, Joan Didion, Anna Gavalda. Rezo el rezo que no sepo, Sapo y Sepo. La loca del desván, Emily Dickinson, princesas incas, Julio y el boxeo.

Yo no sé si tuvimos suerte, me es imposible discernir qué tiempo fue el bueno. ¿En el que no sabía o en el que sabiéndolo todo me olvidé de mí misma? He oído esgrimir tantos argumentos, explicaciones; mi propia voz escuché rebatiendo ofendida. Detrás de las voces nada.

Por eso la sangre, por eso el pis, la entraña, la mierda y la legaña. Por eso el parto como me de la realísima gana, entre heces y flujos, sangre y placentas. Por eso el aire y los preciosos pulmones, ventrículo, aurícula. Por eso el tacto, por eso la piel desnuda como bastión y tierra; por eso el respingo al tocarnos, por eso el abrazo.

No hay lucha ni batalla que yo quisiera empezar si ya me sé desterrada, pues antes de coger las armas he de comer y dormir para mantenerlas cargadas. Si he de apartar la ternura, la vertiginosa visión de dos miradas que de veras se hallan, si el amor no me cabe en el pasamontañas, entonces ¿de qué victoria me hablas?

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