Lánube

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A mí ya no me quedaban ganas. A mí, que había luchado contra ejércitos enteros y portaba horribles cicatrices y me faltaba algún que otro diente. Detenida en mitad de la batalla, petrificada. Baja la guardia, apoyada sobre la lanza y ésta en la tierra clavada. Luz incidiendo con precisión de cirujana sobre el campo de batalla. Allí, de pronto, me sentía tan extraña, ajena al cortar de cabezas, a los gritos, al avance o la retirada. Abrumada por la secuencia cíclica, milimétrica, exacta. Correr silencioso de lágrimas con la mirada perdida de quien habiendo visto mucho ya no quiere ver más nada.

 

Seres de días eternos, iracundos, seres devorando niñas, descuartizando a sus verdugos. Oscuridad de corazones agredidos. Destino, destino mío, fe tuerta, ¿qué has hecho conmigo?

 

Yo, que provenía del más bravo y respetado linaje, que no temía al asedio ni al pillaje. Yo, que hundí en pecho enemigo mil flechas, desangré e hice cautivos, me vi entonces arrodillada entre el polvo exponiendo cuerpo y sangre. Y no temí por mi vida ni escuché los gritos de auxilio porque ya nada de aquello parecía tener sentido.

 

¿Qué conjuro, qué espejismo es éste que los mis pasos aquí ha traído? ¿Es mía la voluntad de mis actos o soy marioneta de una otra yo ciega? Cuando no es posible el retorno y ardieron los últimos dioses, cuando la lucidez es máxima y no deja espacio a las fábulas, ¿cómo, cómo, cómo elegir la senda adecuada?

 

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