Inside

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Cogieron un palo y le dieron. Le dieron hostias por todas partes y no pararon, no cuando se acurrucaba, no cuando gritaba furioso ni cuando suplicaba. Fue coger el palo y zas.

Le dieron tanto que se le olvidaron las palabras, comenzaron a sedarle, a inflarle a medicinas. Medicamentos por la mañana, hostias por la noche. “Que está loco, joder, ¿no veis que es peligroso?” Dieciocho años de palos para llegar a ese diagnóstico, ahora ya sí, ahora tranquilitos podéis iros a meter rayas, cabronazos.

Se le olvidaron las palabras y usaba expresiones descontextualizadas en momentos poco adecuados. Le miraban raro y se mofaban, mofarse es una expresión extrañamente usada en estos días, pero mofarse en sus labios suena a Larra. Le habían frito el cerebro, joder, el maldito cerebro. “Ja, ¿ahora qué? Ahora ya no eres tan listo”

Con un cerebro frito tiras de intestinos, no hay otro sitio. El corazón se lo comió él solito hace muchos años, “dadme duro, capullos, pero éste no lo conseguiréis, antes me lo arranco”. Dicho y hecho. De intestinos, de la jodida bilis y lo demás parcheando, mirándose en el espejo para ver un puzzle a medias: espacios en blanco, pestañas rotas, fichas torcidas encajadas a la fuerza.

Lo que no saben es que es un gato. Los tipos rotos, medio idos, que asustan por la calle en una noche oscura y dicen “me complacería enormemente”, se han tranformado en gatos y tienen un punto flaco. No hay felino, por arrabalero que sea, que pueda resistirse a un buen rascado.

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