La fabulosa historia de Ernesto

Jealousy,_by_Natale_Schiavoni

La primera semana pasó casi desapercibida la ausencia pues agosto es un mes sencillo para desaparecer. Este hecho nos hace temer la premeditación, creemos que ideó cada detalle aunque no nos ponemos de acuerdo en cuánto tiempo le llevó: ¿fue largamente planeado o fruto de una decisión repentina causada por quién sabe qué factores? En lo que sí coincidimos es en que nadie vio el equipaje (dicen en su casa que las maletas y mochilas siguen donde siempre han estado) así como nadie recuerda haber intercambiado un adiós, por muy casual que éste fuera.

Cundió la preocupación a los diez días, cuando preguntábamos por él y nos dimos cuenta de que nadie en ninguno de los distintos círculos había tenido contacto. El duodécimo día organizamos un gabinete de crisis. Hubo quien planteo la posibilidad de un secuestro, un accidente tonto en algún lugar alejado, tal vez estuviese muerto o peor, amnésico. Después de varias horas deliberando, habiendo pasado por todos los estados posibles y con un ambiente cargado de sudor, alcohol y tabaco, no nos quedó más remedio que aceptar lo obvio: simple y llanamente se había marchado.

Entonces el qué dio paso al cómo, al cuándo. Arrancamos un vieja lámina de Klee y a modo de pizarra apuntamos los datos: últimos encuentros, a qué hora, en qué estado, cuáles fueron sus últimas palabras, qué llevaba puesto, acaso hablaba con acento extraño. Surgió la idea de hallar un patrón, un mensaje cifrado que no éramos capaces de adivinar y que Ernesto nos había dejado, pero la realidad es que nada en su conducta se salió de lo cotidiano y ordinario: de casa al trabajo; comidas algunas programadas hacía semanas, el resto en el apartamento; el miércoles visita a la familia como todos los miércoles; el viernes la compra en el supermercado; montar en bici con Ana y con Carlos. Por más que lo intentábamos no veíamos ningún cambio. “¿Estaba menos cariñoso? No, como siempre. Bueno, pues más cariñoso. No, como siempre.” “¿Se mostraba huraño, esquivo? No, no, en absoluto.” “¿Quizá más despistado como ajeno y soñando despierto? Para nada, no es lo que recuerdo.”

Le dedicamos un par de semanas a estas cuestiones hasta que finalmente alguien se atrevió a pronunciar las palabras que habíamos estado evitando: “Pero, ¿por qué, joder, por qué?” Más tarde estimamos que se produjeron unos dos minutos de espeso silencio. Nos fuimos levantando, agosto cedió el paso a septiembre y, como si de pronto hubiésemos despertado, comprendimos que el cambio de estación y de temperatura cerraba tras de sí una puerta, una muralla de nubes espesas que no dejaban ver del otro lado. Así que nos fuimos levantando y nos pusimos las chaquetas y mangas largas y nos despedimos cortesmente sin promesas ni citas ni apuestas. Al mirar los relojes y pensar en que faltaba lechuga por comprar, que a las siete hay que estar en la oficina, estudiantes nuevos para un nuevo curso escolar, bañar a las niñas… Al mirar el reloj disolvimos la comunidad y dejamos de pensar en Ernesto.

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