Heartbeat

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Despojos, dice, y mira hacia abajo dejando allí la mirada por si hubiese alguna grieta en la que desaparecer por las eternidades que dura el dolor mal curado. “Cuando nos gustaba arrancarle las piernas a las muñecas y al instante no les hacías más caso y quedaban los miembros abandonados. “ Pongo sobre la mesa el alcohol y las gasas, una caja de tiritas de Mickey que le saca una sonrisa de mala gana.

– Creía realmente en otro mundo.

– Lo sé.

– Ya no sé en qué creer.

– Lo sé – digo. Mientras murmura, o tal vez solloza, no puedo evitar mirar el cristal que poco a poco se empaña y las gotas que resbalan empujándose unas a otras.

– Y ahora, ¿qué?

Arrastro por la mesa el Betadine hasta ponerlo justo delante de su mano.

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