Por el caminito

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Me pregunto cómo explicaré sin imágenes esto que veo, lo que estoy viviendo. En nuestra época tan visual tan impensable no acompañar con algo que certifique y demuestre que, en efecto, yo hice, yo estuve, yo vi.

¿Cómo definir el aroma profundo y delicioso de la retama y el cantueso que flanquean mis pasos para que no me pierda? El verde, los verdes, que se extienden todo en derredor y puedo perder la mirada tan lejos que a ratos he de devolverla a lo inmediato, pues hay un vértigo curioso en la inmensidad de la naturaleza.

El Alberche corre bravo y forma cascadas, hoyas, pozas y remansos, oigo fuerte su llamado: “vente, niña, vente un rato” y por un momento pienso en bajar campo a través, deslizarme por las grandes planchas y dejar pasar el día en sus limpísimas aguas, total, pienso, ¿tienes algo mejor que hacer? Pero sigo, sigo otro poquito porque la curiosidad es un increíble estímulo y quiero saber dónde me llevará esta ruta y si seré capaz de conseguirlo.

Bloques enormes de granito hacen de paso fronterizo: atrás la aridez de matorral bajo, delante el bosque húmedo. Trepo hasta una roca erosionada en forma de trono y respiro. Otra vez, respiro. Hay algo en las rocas, algo que no puede ser dicho, algo que me reconforta, algo instintivo. Duras pero acogedoras, cuentan tantas, tantas historias. Si escuchamos, si callamos y acallamos, las rocas nos dicen quiénes somos, de dónde venimos, nos dicen que ellas seguirán cuando marchemos, que llegaron hace siglos. Ríen con nuestros tontos tropiezos, nos aúpan cuando no creemos conseguirlo.

Tras la retama blanca y amarilla aparecen los fresnos, los quejigos, los cerezos salvajes y a mi izquierda el murmullo de la garganta que me interna en un frondoso robledal, entre sauces y alisos. Por primera vez creo que me he perdido, el camino parece alejarse de mi destino pues yo debería seguir al río. Bajo, tropiezo, me ortigo, me corto, se rompe la sandalia, subo. Vale, Belén, párate un segundo. Respira, bebe agua. Ahora sí, sigue el dichoso camino.

Jamás encontré la supuesta caseta de piedra que marcaba el punto por el que cruzar el río, pero el camino me llevó directa a un punto muy poco profundo por donde pasar del otro lado. En seguida las huertas, los prados, el cuco al que escuchaba lejos al principio ahora canta alto y claro. Me siento orgullosa de mi orientación y aflora toda una alegría tonta de trabajo cumplido. Saco nísperos y albaricoques, manjar bien merecido.

Navarrevisca está al alcance de mi vista y según las instrucciones estoy cruzando el puente sobre la Garganta Fernandina: un precioso prado que baja hasta casi formar una playa junto al agua. Momento del bocata sin dudarlo. ¿Y si me quedo? ¿Me doy un baño y me quedo? Ni pensarlo.

¿Cuántos nombres que refieren cosas distintas? Brisa, aire, viento… Yo no sé, pero se pega a mi cuerpo y baila entre mis brazos, sube por mi pecho, corre entre mis piernas y me trae olores tan intensos. Yo no sé, pero hay cientos de flores hermosísimas, oigo los cencerros, más abajo el río, la vereda me ofrece sombra cuando la necesito y pequeños charcos me refrescan los pies y me los llenan de barro. Yo no sé cómo se dice correcto pero podría jurar que se parece al paraíso.

Empiezo a notar el cansancio aunque saber que estoy en la buena senda me ayuda a seguir caminando. Por fin llego al transformador donde el Alberche surge de nuevo y según las indicaciones he de bajar y cruzarlo junto a un antiguo molino. Localizo el molino y la veredita que me lleva hasta la orilla… Mmmm, ya, ¿por dónde diablos lo cruzo? Tras un rato yendo de un lado a otro decido que se acabó, que se moje lo que se tenga que mojar pero que yo me meto. ¡Hecho! Cansada y feliz llego a la otra orilla y ahí es cuando reparo que no guardé la riñonera en la mochila y se empapó todo lo que había: teléfono, dinero, instrucciones, carnés, etc. Bueno, ya veremos luego, ahora a lo que estamos.

Del molino sale un camino junto a un muro de piedra que se interna entre jaras exuberantes y cardos. Me pincho, me pincho, me pincho. Sangre. ¡Joder! El maldito camino ha desaparecido. ¿Sigo o no sigo? No sé qué hora es pero calculo que me quedan algo más de dos horas de luz. Me meto entre la retama, aparto ramas como puedo. Me enfado, vuelvo, me desespero. Leo una y otra vez las malditas instrucciones y el muy cachondo dice que sí, que en ese punto el camino es muy confuso. ¿Confuso? ¡¿Confuso?! Creo que me he ganado un par de buenos y saludables insultos, uufff, vale, pensemos. No sabes dónde estás, no conoces esta zona, se supone que tienes que seguir con el río a tu izquierda y ascender por el cordal… ¿Pero qué mierda es un cordal? Vale, vale, todo bien, no saber qué carajo es un cordal quizá marque la diferencia entre acabar la ruta o no, pero vale, todo bien.

Me giro y veo a lo lejos el transformador eléctrico. Muy a mi pesar creo que tendré que volver por donde he venido. No tengo teléfono y desde que salí (imagino que habrán pasado unas tres horas) no me he cruzado con nadie (¿a quién se le ocurre hacer rutas en domingo?), así que perderse y tener que dormir en el monte no me parece la mejor de las opciones. Una vez decidido ¡corre!

De nuevo el molino, de nuevo el río, ahora subir todo lo que antes bajé y enfado. Mierda, enfado. Mierda. ¿Me dará tiempo a volver? ¿Y si no lo consigo? ¿Dónde están lxs paisanxs cuando lxs necesito? ¿Crees que reconocerás el camino cuando empiece a oscurecer? ¡Basta! Ya, se acabó, tuviste tu momento de pánico y lo respeto pero ya, ahora pensemos. De acuerdo, no es lo que querías y te sientes frustrada, lo pillo, pero quiero volver a casa. Entonces recuerdo que según el papel el puente que crucé hace casi una hora estaba al lado de Navarrevisca y desde Navarrevisca hasta donde tengo el coche no sé cuánto hay pero quizá alguien pueda acercarme o a las muy malas seguiré la carretera y dará igual que oscurezca. Sí, vale, lo admito, también pienso en que hay bares y en tomarme una cerveza.

Todo decidido, desandar el camino. Trato de relajarme y no pensar en la distancia, de paso en paso, los siguientes cinco metros, sólo eso, los siguientes cinco metros. Cuando estoy a punto de llegar al puente oigo una moto a lo lejos, nooooo, me siento como una náufraga viendo pasar el barco de largo.

Llego al pueblo, bajo a la carretera y veo un cartel que pone 7km, naaaaaa, seguro que es menos, venga Belén, está hecho. La carretera es un infierno ascendente sin sombra y sin un maldito coche que pase. No me queda agua, estoy cansadísima, llevo cinco horas andando y creo que me he quemado un poquito. Agujetas, sólo serán agujetas, piensa en el baño que vas a darte cuando llegues. No sé cuánto he tardado pero dos km me han parecido como quinientos y entonces sí, cuando ya no esperaba escucharlo un coche a lo lejos. Un matrimonio majísimo que me hubiera comido a besos. Nunca me había alegrado tanto de ver al “enano” (que, por cierto, en mi línea me lo había dejado abierto). Voy al chiringuito que está cerrado pero suplico una botellita de agua, por las diosas, y la gente que es tan maja hasta me da un vaso con hielo.

Beber medio litro seguido, sentarme, reírme por un momento y darme el baño merecido. Miro el reloj del coche y ya son las siete y pico. Pienso que lo hubiese conseguido, que podría haber vuelto por donde vine pero eso sería otra historia para ser contada otro día, la mía me lleva ahora con las ventanillas bajadas, descalza y cansada hasta mi casa.

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