La casualidad que estábamos esperando

No te liberas, sólo cambias de estado. De estado o de Estado. Los billetes de ida no alteran el resultado. Una espiritual inconsciencia de la alegría, una alegría con todas tus fisuras y las mías. Desenterrar lo olvidado con los personajes que creas y verte de pronto cara a cara con algún monstruo. En voz tan baja que a penas te escuchas ti misma y aburriéndote tanto de seres obtusos y anquilosados como, digamos, Woody Allen, for example.

Enfrentarte a ella no desde el desprecio, no desde el rechazo. “¿Quién te crees que eres para desear algo? Maldita furcia libertina. ¿Quién mierda te creer que eres?” Mujer metal forjada de puro hierro, sin un maldito derecho. “¿Me oyes? No tienes ningún derecho así que esconde esas putas manos o te arrancaré los brazos”.

Identificarse plenamente con las necesidades y deseos del verdugo, del acosador, del asesino, del agresor, del pervertido. Todo un mundo construido. Mi venganza no será ser feliz, que también, la mayor de las venganzas es que yo habré evolucionado y aprendido y creceré y me expandiré logrando así una sensación de paz y dicha, de estar a gusto conmigo y con el mundo, mucho mayor de la que ellos jamás ni siquiera imaginaron. Mi venganza será ser un maravilloso ser humano.

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